La Feria de Abril de 1964, la más trágica
de Sevilla: un muerto y 67 casetas en llamas
Primer día de Feria de Abril de 1964.
Sobre la una de la tarde la gente empezaba a llegar al real, que aún se montaba
en el Prado. Entonces una instalación eléctrica soltó un chispazo en la que se
conocía como la caseta de los Lasso. Inmediatamente empezó a arder la lona que
lo cubría y el fuego fue saltando hasta que afectó a casi toda una manzana. El
viento no ayudó a los esfuerzos por apagar las llamas y algunas teas volaron
hasta la siguiente calle y la anterior. Al final quedaron calcinadas o
desmontadas para hacer un cortafuegos 74 casetas. La mayoría en la confluencia
de las calles general Primo de Rivera, Infanta Luisa e Infante Carlos.
«Esta información podía haber quedado
supeditada a una crónica de sucesos» decía el ABC de Sevilla del 22 de abril,
un día después de los hechos. «No hay caso. [...] Queda mucho espacio del
ferial que no "sabe" del fuego. Y mucha mujer guapa, y mucha
chavalería que canta a todo trapo en medio de la calle. Aquí no ha pasado
nada». Contrasta esa tranquilidad del cronista con el balance del fuego: un
muerto y decenas de heridos. Bien es cierto que la primera impresión fue muy
mala y de ahí probablemente lo benigno de la narración. El mal pareció menos.
Pudo haber sido una tragedia sin
precedentes. El fuego, que corría de lona en lona, tardó unas horas en apagarse
y el real ya tenía bastante público en las calles. Tan seguras se daban las
muertes en gran número que las autoridades trasladaron al Equipo Quirúrgico no
solo médicos, sino también sacerdotes. Por lo que pudiera pasar. Finalmente un
solo fallecido -un señor mayor «pavesa de viva carne, bonzo involuntario»
contaba ABC de Sevilla «fue pasto de las llamas». Veinticinco personas
resultaron heridas de diversa gravedad.
Más que la crónica de un incendio, el
fuego de la Feria de Abril de 1964 es la historia de cómo Sevilla se recuperó
en un tiempo récord de la destrucción de gran parte del real. Y con sentido del
humor. Se dio en la Feria una especie de carrera por ver quién era el primero
que ponía en pie de nuevo su caseta. Ganaron los alemanes -«la tozuda
disciplina germánica se impone»-. Les siguió en el segundo puesto la peña
sevillista y el tercer lugar La Estrella.
Pero es que además muchas casetas
colgaron carteles alusivos llenos de guasa: «Esto era un jamón serrano que se
murió por curpita der butano»; «Por la mañana ardiendo y por la noche riendo»;
«Esto fue una caseta»; «¿Quién dijo "mieo"?»; «Ni con fuego ni con
agua, solo con alegría y cerveza». Hasta alguna caseta llegó a cambiar el
nombre y una lucía un rótulo en el que se leía: «La chamuscá».
El balance de los daños tardó en llegar.
Pero dos días después ya se hacía repaso de los mantones, cabezas de toros,
sedas y cornucopias pasto de las llamas. Las maderas y toldos eran lo de menos.
Los adornos de las casetas fue lo más costoso que se perdió, y en algunos casos
se trataba de antigüedades. Pasado el susto del primer día, el resto de las
crónicas de la Feria de hace 50 años poco o nada decía del fuego. Tan solo
referencias sueltas, como si allí no hubiera pasado nada. Lo que querían lo
sevillanos.
Don José García Suárez fue la única
víctima mortal del fuego. Se encontraba en la caseta «La Ciebeles» cuando se
vio sorprendido por las llamas, que le convirtieron en una tea humana. En el
entierro -al que asistieron muchas perdonas, además de numerosa representación
de autoridades, alcalde incluido- contaron sus hijos la historia de este hombre
de 87 años. El anciano estaba vigilando la caseta en la que trabajaba su hijo
cuando se declaró el incendio y no pudo huir. Su hijo le sacó de entre las
llamas sufriendo también quemaduras y le llevó corriendo a que le atendieran.
De poco sirvió. «Pepe, hijo mío, qué ruina. He perdido mi carterita con
quinientas pesetas y un décimo de lotería», le decía el hombre cuando lo
llevaban a un médico. Zapatero de profesión, dejó cuatro hijos, uno de ellos
aún ingresado en la residencia García Morato (hoy hospital Virgen del Rocío).
En la cama convaleciente recibió la noticia de la muerte de su padre. «Lloró
desconsoladamente», recogía la crónica de ABC de Sevilla el día después del
entierro, el jueves 23 de abril.