lunes, 15 de septiembre de 2014

O’Donnell entra en Sevilla, 1854



La Revolución de 1854 es la versión más parecida a la revolución europea de 1848. Se inició con un conflicto parlamentario entre el Senado y el Gobierno del Conde de San Luis por la aversión general de la Corte, moderados y progresistas, a éste. El Senado venció al Gabinete ministerial, pero éste respondió suspendiendo las sesiones y relevando a los funcionarios y militares -senadores a su vez- que habían votado en contra.

En junio de 1854 tuvo lugar un levantamiento, acaudillado por los generales Dulce y O'Donnell, conocido como la Vicalvarada por ser en Vicálvaro, pueblo cercano a Madrid, donde tuvo lugar la principal batalla que deja la situación indecisa. Tras ella, O'Donnell y los demás sublevados se retiraron a Andalucía. En su persecución salieron las tropas del gobierno, dejando desguarnecida la capital, un hecho que resultaría decisivo en los acontecimientos posteriores. Ante el fracaso del pronunciamiento, los militares que lo encabezaron buscaron el apoyo popular. El general O'Donnell se reunió con el general Serrano en Manzanares quien le convenció de que era necesario dar un giro al movimiento ofreciendo cambios políticos "que no figuraban en sus intenciones iniciales". Así surgió el Manifiesto de Manzanares redactado por un joven Antonio Cánovas del Castillo, donde se planteaba la «conservación del trono, pero sin camarilla que lo deshonre» y se prometía la rebaja de los impuestos y el restablecimiento de la Milicia Nacional, dos viejas aspiraciones de progresistas y demócratas.4 De esta forma, según Jorge Vilches, los conjurados pretendían "agrupar a la oposición al Gobierno [del conde de San Luis] y conseguir más elementos de presión sobre la reina". El Manifiesto se hizo público el 7 de julio y en él se prometía la "regeneración liberal" mediante la aprobación de nuevas leyes de imprenta y electoral, la convocatoria de Cortes, la descentralización administrativa y el restablecimiento de la Milicia nacional, todas ellas propuestas clásicas del Partido Progresista.


De esta forma sucedió que lo que se había iniciado como un pronunciamiento clásico, llevado a cabo por militares con la colaboración de algunos civiles, subió de tono por la intervención de los progresistas que se movilizaron a través de un manifiesto de Cánovas del Castillo. El Manifiesto de Manzanares (6 de julio de 1854) reivindicaba una serie de principios para el cambio de la situación con vistas a una regeneración liberal: trono sin camarilla, ley de imprenta, ley electoral, rebaja de los impuestos de consumos, descentralización municipal, nueva milicia nacional.
Siguió una fase popular en la que proliferaron los levantamientos. En Madrid tuvieron lugar las Jornadas de Julio, en Barcelona un levantamiento, con un fuerte cariz social al coincidir con escasez de trabajo y bajo nivel de salarios. Siguieron otros en Zaragoza y San Sebastián.
El pronunciamiento y la sublevación urbana constituyen una revolución en dos tiempos, con rebelión militar en un principio y algaradas urbanas posteriormente. El espíritu de los militares de Vicálvaro había sido desplazado por los progresistas. La suma de las acciones populares convirtió la situación en una revolución, la versión española de la europea de 1848.

En Madrid, el día 17 de julio, al salir el público de la plaza de toros, estalló un motín: Las masas incontroladas asaltaron las viviendas de los principales ministros y quemaron el palacio de las Rejas, residencia de doña María Cristina, la reina madre y ocasionaron graves daños en el palacio del Marqués de Salamanca; construyeron barricadas por la zona de la Puerta del Sol y en muchos barrios y se adueñaron prácticamente de la capital del reino. Se produjeron numerosos asesinatos y destacado fue el linchamiento y maltrato público del jefe de policía que acabó su vida siendo fusilado en la plaza de la Cebada.
Este mismo día era aceptada por la Reina la dimisión en pleno del gobierno del conde de San Luis y se encomendaba al general Fernández de Córdova la formación de un nuevo gobierno. Pero el poder seguía estando en la calle.

En Sevilla los acontecimientos de desarrollaron de la siguiente manera:
Días antes, el 12 de julio, aparecieron fijados en los lugares públicos de la ciudad un bando del capitán general de Andalucía:

“Hago saber: Que hallándose en retirada los rebeldes en dirección a Andalucía, tal vez para probar fortuna en este hermoso suelo, o bien verse obligados a penetrar en él por los movimientos de las numerosas y brillantes fuerzas que le persiguen, es llegado el caso de dictar todas las medidas convenientes para evitar a los pacíficos habitantes las alarmas que en tales circunstancias suelen promover los mal avenidos con el orden público, he venido en mandar...”.

El Capitán General ordenaba una serie de disposiciones prohibiendo reuniones en las calles o edificios particulares, la difusión de noticias alarmantes, lectura de proclamas, obligaba al cierre de establecimientos de bebidas a horas tempranas y otras medidas por el mismo estilo.

Al día siguiente se publicaba en el Boletín del Ejército de Andalucía:

“El Excmo. Señor ministro de la Guerra, al frente de 12 batallones de infantería (un batallón consta de 500 a 800 hombres), 1.200 soldados de caballería y 30 piezas de artillería, se halla al día de ayer a una jornada escasa de los sublevados. Estos vienen en el mayor desorden, cometiendo toda clase de atropellos, que se encargan de llevar a cabo unos 150 paisanos que se les unieron a su salida de Madrid, y pertenecen a lo más abyecto de los forasteros a quienes dio asilo aquella leal población. Lo que se hace saber para el conocimiento del público”.

El 18 de julio se tenía noticias de que los insurrectos habían llegado a Écija, y el Capitán General daba órdenes para que las puertas de la ciudad de Sevilla fuesen cerradas, a excepción de las de Carmona, Jerez, Macarena y Triana, que lo harían a las nueve de la noche. Al mismo tiempo advertía que estaba dispuesto a luchar contra los enemigos tanto externos como internos si fuese preciso, no dudando, con dolor de su corazón, en reducir a cenizas la ciudad si ello fuese preciso, ahogando con el estruendo del cañón el terrible efecto que en su ánimo causaría la ingratitud de los hijos de Sevilla.
En efecto, el Capitán General ya había dado órdenes de fortificar convenientemente la ciudad, habiendo elegido como ciudadela a la Fábrica de Tabacos, donde hizo colocar piezas de artillería con que rechazar a los sublevados si llegaban a presentarse en Sevilla y consideró oportuno encerrarse en este edificio que había convertido en fortificación, acompañándole muchos militares de alta graduación, cuya inclinación por la causa del ministerio de Sartorius sería sin duda el móvil que les impulsaría a ello. La población observaba estos preparativos bélicos, haciendo votos interiormente por el triunfo de la causa que creían de la libertad, pero todos callaban por miedo a posibles represalias.
Un día después, los acontecimientos iban a dar un giro inesperado en nuestra ciudad. La noticia de la caída del gobierno de Luis José Sartorius, conde de San Luis, produjo en los ánimos de la población una efervescencia difícil de explicar; por todas partes se veían semblantes llenos de satisfacción, en los que estaba dibujado el júbilo que se anidaba en sus corazones.
El entusiasmo popular había estallado y una hora después se leían públicamente las proclamas dirigidas a la guarnición y habitantes de la ciudad firmadas por el general O’Donnell, al final de las cuales se invitaba al pueblo a unirse al movimiento antes de que concluyese el día.
Poco tardó el pueblo en responder al llamamiento; aun no eran las diez de la mañana cuando se dejaron oír en la calle Sierpes entusiastas vivas a la libertad y a la Constitución de 1.837, dados por un teniente que, con el sable en la mano, pedía a los transeúntes que se uniesen a él. Los paisanos, reunidos en una imponente masa, se dirigieron al Ayuntamiento, sin cesar en sus vivas y aclamaciones. Una vez allí una comisión se destacó para entrevistarse con el Alcalde, quien estaba ausente por hallarse conferenciando en esos momentos con el Capitán General.
Cuando regresó el Alcalde, hizo entrar al pueblo en los salones y aseguró que la autoridad militar no había manifestado ideas hostiles contra los pronunciados de la ciudad, cuyo número cada vez aumentaba más en la plaza de la Constitución (actual de San Francisco). Algunos de ellos se encaminaron a la sala capitular, de donde sacaron las banderas de la Milicia Nacional, cuya presentación al pueblo arrancaron miles de vivas, paseándolas después con gran alborozo por las calles céntricas de la capital.
Las personas notables ya se habían reunido en las casas consistoriales, en unión de algunos miembros del Ayuntamiento y gran parte del pueblo, donde nombraban una junta provisional de gobierno que momentos después quedaba constituido, siendo presididos por el Marqués de la Motilla. Inmediatamente pasó una comisión de la junta a entrevistarse con el Capitán General, a quién se dio cuenta de lo ocurrido, manifestando la referida autoridad quedar a disposición de dicha junta mientras se presentaba un general a quien entregar el mando de la plaza. Otra comisión acudió, en virtud de esta respuesta, a encontrarse con las avanzadas de las fuerzas del general O’Donnell para darle las nuevas noticias y apresurar su entrada en la ciudad.
Muchos años hacía que la ciudad de Sevilla no presenciaba tan emotivo, patriótico y arrebatador espectáculo como el que ofrecía su población reunida en la mañana del día 22 de julio en el campo de Capuchinos para ver entrar la columna expedicionaria del valiente general O’Donnell. Desde primeras horas pululaban en todo aquel extenso lugar una infinidad de caballos y carruajes, ocupados por personas notables y lo más escogido de la juventud sevillana, cuya mayor parte llevaba en sus manos palmas que ofrecer a los héroes de Vicálvaro al pisar el suelo de Sevilla. Los obreros todos, artesanos, menestrales y hasta los criados y criadas abandonando sus quehaceres se habían apresurado a acudir allí, rindiendo con su presencia un tributo de admiración a la columna salvadora.
Cuando esta se presentó, con el general O’Donnell al frente, montado sobre un brioso corcel blanco, luciendo un flamante uniforme ataviado con las mejores galas, un grito general de alegría invadió los espacios, seguido de ardorosos vivas a los libertadores. Miles de pañuelos y sombreros agitados al aire saludaban a aquellos bravos militares, mientras las bandas de música comenzaron a tocar la Marcha Real.
La entrada de los regimientos en la ciudad fue apoteósica. Los vivas; las colgaduras con que adornó el vecindario sus balcones; las flores que las mujeres lanzaban al paso de las tropas; los repiques de campanas y más que nada, la evidente satisfacción de una población que, tras once años de sufrimientos, abría los ojos a la luz de su ansiada libertad.
Por la noche, tras su triunfal entrada en la ciudad, el general O’Donnell hacía publicar un bando dirigido a toda la población:

“Sevillanos, habéis recibido al ejercito constitucional como yo esperaba. Sois liberales y por eso simpatizáis con unos soldados que tanto han luchado por la libertad. Si peligrase de alguna manera nuestro programa del 7 de julio y que vosotros habéis aceptado, el ejército estará a vuestro lado y a su lado espera que estará la invicta y laureada ciudad del rey San Fernando.
No descansaremos ahora hasta que hayáis recogido todos los frutos del triunfo. Una junta popular va a encargarse de auxiliar a las autoridades en sus graves y urgentes trabajos. Ella será el símbolo de la unión del gran partido liberal a que aspiramos, unión sin la cual no será posible que la paz se restablezca, ni que brille puro y sin mancha el sol de la libertad”.

El día 24 de julio el general O’Donnell, por medio de una emocionante alocución, se despedía del pueblo de Sevilla, agradeciendo la primordial ayuda que le había prestado y pidiendo su obediencia a las autoridades que habían quedado establecidas. Al día siguiente por la mañana marchaba con dirección a Madrid.
Este mismo día la reina Isabel II firmaba un decreto por el que revocaba todos los decretos anteriores en los que se había desposeído de sus empleos, grados, títulos y condecoraciones a los generales Leopoldo O’Donnell (conde de Lucena), Francisco Serrano, Antonio Ros de Olano, José de la Concha, Félix María Mesina y Domingo Dulce.
Finalmente la reina nombraba al general Espartero Presidente del Consejo de Ministros, en el que el general O’Donnell ocuparía el ministerio de la Guerra.